jueves, 26 de mayo de 2016

Villagra, el fútbol y la historia

                                                                                                    
                                                                                         Por Gringo Ramia

Primer tiempo

Dicen que a la historia la escriben siempre los que ganan. Creo que en realidad es al revés: ganan los que escriben la historia, los dueños del lápiz con punta. Julio César Villagra nunca imaginó que estaría escribiendo sin papel, carbón puro, un par de botines, una camiseta, la memoria de miles de personas. Él solamente jugaba al fútbol.

En este inventado país la lucha ha sido, y lo sigue siendo, la imposición de la memoria; la selección, recorte, y repetición del pasado, en todos los ámbitos. Así fue que leímos, y aprendimos como pudimos, en los 14 pizarrones de nuestra escolaridad que San Martín cruzó los Andes en su Caballo Blanco, que Sarmiento fue el primer maestro, que el Cabildo y los pastelitos para las negras sin dientes, todo para recortar en la Billiken. Ahí están los héroes que le van a dar sentido a esta gran Nación, en cada calle céntrica del país. Y están las guerras, los grandes acontecimientos y los feriados. Y los dinosaurios, las pirámides de Egipto, Roma, el descubrimiento de América, la Revolución Industrial y el hombre en la luna. Eso es la historia, un montón de frases, titulares del que rara vez se aprende el cuerpo de los hechos. 

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos los que no somos héroes, los que no vamos a cruzar los andes, los que no vamos a liberar a ningún pueblo? Vivimos, hablamos y cantamos nuestra historia. Y otros, muy queridos, hacen jueguitos, patean una pelota y nos hacen vivir, hablar y cantar otra historia a miles. No hay feriados para los comunes, menos para los jugadores de fútbol. Algunos viven en la memoria oral del pueblo y cada tanto es necesario escribirlo. 

La Chacha

Julio César Villagra. Nombre de emperador. El guaso era tan tímido que no hubiera podido jamás estar al frente del imperio romano. Le decían la Chacha, jugaba generalmente por la banda derecha, dejaba a los defensores rivales pidiendo el diario y enloquecía a la hinchada pirata. Atacar pueblos indefensos es de cobardes. Encarar a un defensor en una cancha visitante no es para cualquiera.

Llegó a Belgrano en 1982, más o menos en la época en que a Galtieri se le ocurrió recuperar las Malvinas. Venía con su amigo Mario Luna, que le insistió en que lo acompañara a probarse. Belgrano estaba en la lona. Villagra, un negro de Villa Libertador, flaquito, ruludo y con cubana, como eran los cordobeses de antes, se hartó de desbordar y tirar el centro, desbordar y enganchar para adentro, picar sin que nadie lo alcance, frenar y seguir. El Pucho Arraigada, que andaba probando jugadores no dudó en aceptarlo. Una pequeña crónica periodística dice que el 18 de julio de 1982 la Chacha debutó contra Alianza San Martín (una fusión entre Argentino Peñarol y Huracán) en la cancha de Huracán de Barrio La France. Ganaba Alianza. Empató Belgrano. Último minuto del partido, gol de Villagra. La tribuna delira. La historia, agradecida.


Lo que no se dice

Aquí conviene pisar  la pelota. Sentir que  todos pasan un poquito de largo. Girar, observar el panorama, cambiar de frente. Como dije anteriormente, la historia es un territorio de disputas y en el fútbol también pasa lo mismo. Alguien escribió su historia y dijo esto sí, esto no.

Todo comenzó a finales del siglo XIX cuando a algún inglés se le ocurrió bautizar con la palabra “foot-ball” a ese juego que consistía en trasladar un objeto redondo con los pies y empujarlo hasta el lugar donde había dos postes y un travesaño. La fecha coincide con la invención de casi todos los deportes modernos. ¿Qué es lo que diferencia a un juego de un deporte? Me gusta lo que dice Sasturain “el deporte nace de la suma del juego más la competencia. Algunos nacen como juego puro, otros, como competencia pura. Desde caminar sin pisar los límites de las baldosas a embocar papeles en el cesto o escribir con pis sobre el patio de tierra. El juego libre es espontaneidad no sujeta a reglas; y con las reglas –aunque sean mínimas- nace la competencia”.

Al principio no había muchas diferencias con el rugby ya que ambos deportes consistían en trasladar un balón hasta un punto determinado. La prohibición de utilizar las manos en el fútbol fue el quiebre definitivo entre ambas disciplinas. Así, mientras se jugaba y practicaba, se iban definiendo los lineamientos principales de este nuevo y apasionante deporte. Los ingleses inventaron casi todas las reglas. Y las escribieron. Y así comienza parte de esta historia.
Para esa época los ingleses dominaban el comercio mundial. En cada barco cargado con mercadería con la cual someterían a los pueblos, viajaba una pelota. Cayeron a Argentina. Jugaron entre ellos; se hablaba en inglés en los partidos. “Los ingleses locos”, decían los paisanos. Pero los de acá se enamoraron rápido. Y empezaron a jugar. Argentina era un cocoliche de inmigrantes, de nacionalidades, de lenguas y costumbres. El fútbol, por la economía de su práctica permitió igualar a todos, integrar a miles de tipos que vivían en el país y no votaban, no decidían, no nada. Me animo a decir que el fútbol fue de lo más democrático de la época.

Pibes de 14, 15 años armaban equipos. No conocían las reglas pero lo jugaban. Los ingleses armaron una liga, jugaban entre ellos. Se empezaron a fundar clubes de fútbol por todos lados, en todo el país. Los trenes llevaban ese extraño y loco juego: patear una pelota desde la punta de esta pampa hasta el horizonte aquel.  Amateurismo puro. Jugar por jugar. Después hubo gente, tribunas, estadios, masividad, pueblo, plata y más plata. Entonces, el profesionalismo. Frenar. Cambiar de frente, volver la pelota atrás. 

En cada provincia del país se crearon ligas, Córdoba creó la suya, Santiago del Estero, Tucumán, Mendoza. Buenos Aires también, le llamaron Primera División y todos sus clubes estaban directamente afiliados a la AFA. El resto del país no. Eventualmente, campeonatos Nacionales mediante y luego, con la reestructuración de los años 80, los clubes del interior comenzaron a acceder a la liga porteña, la A.

Belgrano, Talleres, Instituto y Racing fueron los clubes más ganadores de la liga cordobesa. Hubo campeones,  goles, jugadores, árbitros, hinchas, festejos, amores y dolores, hubo fútbol, hubo vida. Pero algo pasó y en un momento toda una historia dejó de importar.

A mediados de los 80 Talleres, Instituto y Racing, escritorio mediante, abandonaron la liga, se fueron a Primera y quedó Belgrano, corriendo para cualquier lado, hecho mierda. Y en el peor momento en la historia del club aparece Villagra, soldando estos pedazos de historia.


Tiempo recuperado

Villagra jugó entre 1982 y 1991. Vivió, lo que dicen los que la vivieron, la “década romántica”. Fue, realmente, una etapa durísima pero hasta el sufrimiento se extraña cuando ya no está. Las vivió todas: Liga Cordobesa, Provincial, Regional, Nacional B y 45 minutos en Primera, ante River. En “reconocimiento a su trayectoria”, los dirigentes le dieron el pase libre. Se lo sacaron de encima, lo mataron, le quitaron la vida mucho antes. ¿Qué hace un jugador cuando ya no puede jugar? Villagra hizo hasta tercer grado del primario, no sabía hacer ecuaciones, ni conocía de diptongos ni geografía, ni de ciencias naturales ni nombres de capitales de Europa ni de historia. Villagra jugaba al fútbol, hacía historia, pero todavía no lo sabía.

El 13 de septiembre de 1993, con 30 años de edad, la Chacha fue a una plaza, se sentó en uno de los bancos y se pegó un tiro. Murió dos días después. Se terminó su vida y empezó su historia. La idolatría creció. Los que lo vieron jugar desde la tribuna, los que lo conocieron envuelto en su timidez, los que pudieron sacarse una foto, todos comenzaron a tejer un recuerdo, armar un relato. No hay casi imágenes de él: un par de centros, dos o tres goles, un par de minutos de video para una década. Ni siquiera aparece en Wikipedia. Villagra es una historia oral, como el fútbol todo, contada de generación en generación. Las jugadas se agradan, los dolores se achican, la memoria elige.

A los pocos meses, Chichí Ledesma, el mismo presidente que lo había dejado libre, decide nombrar a la cancha de Belgrano Julio César Villagra. No hubo ninguna documentación oficial, no hubo acta, no hubo cartel, placa, nada. Todos siguieron diciéndole el Gigante, el periodismo, los hinchas. Veintidos años después se hizo justicia: los propios hinchas pintaron un cartel con la inscripción de su nombre, con la presencia de su leyenda, para nombrar a las cosas por su nombre.


No pude ver jugar a la Chacha pero el fútbol permite incluirte en el pasado, hablar de un nosotros. Soy un común, uno de los que nunca gana  e incapaz de gambetear, hacer más de diez jueguitos, soy uno más. Escribir sobre él, recuperar las emotividades, es hacer otra historia, desafiar los discursos gritones, dar vuelta el partido y ejercitar la memoria. 


3 comentarios:

Anónimo dijo...

EXCELENTE NOTA. FELICITACIONES

Anónimo dijo...

VILLAGRA NUNCA PERDIO UN CLASICO O ME EQUIVOCO?

alobelgrano dijo...

Así es, la Chacha nunca perdió un clásico, ya que jugó de 1982 a 1992. Saludos!